Preparación
Las yemas de huevo se colocan en un bol profundo y se añade el azúcar. Se baten con una batidora o con unas varillas durante varios minutos hasta obtener una mezcla clara, suave y ligeramente esponjosa. Esto ayuda a que el azúcar se disuelva bien y da una textura más cremosa al helado.
En una olla se vierten la leche y la nata líquida. Si se utiliza una vaina de vainilla, se abre a lo largo, se raspan las semillas y se añaden a la mezcla junto con la propia vaina.
La mezcla se calienta a fuego medio hasta que esté bien caliente, pero sin dejar que hierva.
Una pequeña parte de la mezcla caliente se añade poco a poco a las yemas batidas mientras se remueve constantemente. Este proceso sirve para templar las yemas y evitar que se cuajen.
Después toda la mezcla se vuelve a colocar en la olla.
La crema se cocina a fuego suave removiendo constantemente hasta que espese ligeramente y cubra la parte posterior de una cuchara con una capa fina. Es importante que la mezcla no hierva para evitar que las yemas se corten.
Cuando la crema alcance la textura deseada se retira del fuego y se añade una pizca de sal para realzar el sabor de la vainilla.
La crema se cuela a través de un colador fino y se deja enfriar completamente. Después se coloca en el refrigerador durante aproximadamente 2 horas para que esté bien fría.
La mezcla fría se vierte en un recipiente y se coloca en el congelador. Cada 30-40 minutos se remueve enérgicamente con una batidora o un tenedor para romper los cristales de hielo que se formen.
Este proceso se repite varias veces hasta que el helado de vainilla tenga una textura suave y cremosa. Después del último mezclado se deja congelar completamente.
El helado de vainilla se sirve bien frío formando bolas con una cuchara especial para helado. Puede acompañarse con fruta fresca, salsa de chocolate, caramelo o galletas caseras.
También combina perfectamente con postres calientes como el pastel de manzana, los brownies de chocolate o las tortitas americanas.














